China, esquivada por los inversores extranjeros

Jing'an Century, una urbanización con estanques y una exuberante vegetación en el norte de Shanghai, debería ser un hervidero de actividad con una multitud de trabajadores dando los últimos toques a los apartamentos. En cambio, la zona está en silencio. El confinamiento impuesto durante dos meses a esa ciudad de 25 millones de habitantes ha obligado a la promotora, un gran grupo llamado Yanlord, a paralizar las obras. Quienes han comprado viviendas llevan meses en vilo, porque algunas de las mayores promotoras inmobiliarias del país están incumpliendo sus obligaciones y tienen dificultades para entregar las viviendas a los compradores de a pie.

Ahora Yanlord, que hasta hace poco consideraba gozar de una tolerable buena salud, se ha visto obligada a admitir a sus clientes que no recibirán las propiedades a tiempo. Al menos 20 urbanizaciones de toda la ciudad han anunciado retrasos similares. Muchos otros proyectos inmobiliarios se han visto obligados a dejar de vender unidades. El confinamiento ha sido tan estricto que por toda la ciudad han aparecido barreras y controles policiales. Ni los trabajadores, ni los materiales de construcción ni los agentes comerciales han tenido posibilidad alguna de acercarse a las obras. En abril, las preventas de viviendas de Yanlord cayeron más de un 80% en comparación con el año anterior.
El papel de Xi Jinping

La crisis inmobiliaria de China no es nueva. Sin embargo, sí lo son los crecientes temores de los inversores extranjeros a un gran desastre político. La combinación de una grave contracción del mercado inmobiliario y la inflexible política de tolerancia cero ante la covid defendida por Xi Jinping no es más que un problema reciente que ha llevado a los gestores de fondos extranjeros a preguntarse si no estará perdiendo China su enfoque pragmático a la hora de gestionar la economía.

La insistencia de Xi en recurrir a confinamientos prolongados para librar a China de la variante ómicron, así como su respaldo a la guerra de Rusia en Ucrania, se perciben como objetivos ideológicos que hacen caso omiso de las realidades económicas y geopolíticas. Si a ello añadimos la coincidencia con las severas medidas tomadas contra grupos tecnológicos como la empresa de comercio electrónico Alibaba y contra el apalancamiento de gigantes inmobiliarios como Evergrande, comprenderemos por qué algunos de los mayores grupos de inversión del mundo están poniendo en duda la calidad de la dirección política en Pekín.

Muchos atribuyen esta y otras campañas ideológicas a los preparativos del congreso del Partido Comunista que se celebrará en otoño, en el que se espera que Xi vea prolongado otro quinquenio su mandato. Los acontecimientos de 2022 podrían determinar la opinión de los inversores mundiales sobre China en los próximos años.

En poco más de un año, las políticas de Xi han tenido una profunda repercusión en los mercados mundiales, y ha sido una repercusión dolorosa. Han eliminado 2 billones de dólares de las acciones chinas que cotizan en Hong Kong y Nueva York. En esas dos ciudades, las ofertas públicas iniciales chinas casi se han paralizado este año. En lo que va de 2022, las empresas inmobiliarias chinas sólo han vendido 280 millones de dólares en bonos de alto rendimiento denominados en dólares, frente a los 15.600 millones del mismo período del año pasado, según el proveedor de datos Dealogic. El valor de los activos financieros denominados en yuanes en manos de extranjeros en China ha caído en más de 1 billón de yuanes (150.000 millones de dólares) en los tres primeros meses de 2022, la mayor caída registrada. El Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), un grupo de banqueros de Washington, prevé que este año saldrá del país un total de 300.000 millones de dólares de capital, frente a los 129.000 millones de 2021.

Los mercados internos eran uno de los ejes de las relaciones de China con el exterior. La creencia de que seguirían abriéndose y produciendo altos rendimientos ayudó a mantener los vínculos con poderosos financieros occidentales que esperaban enriquecerse. Pese a que las relaciones entre Estados Unidos y China empeoraron durante los años de Trump y una guerra comercial empañó el sentimiento globalista, una euforia por los valores onshore se apoderó de muchos de los mayores grupos financieros del mundo. A medida que las relaciones con Occidente se deterioraban, los reguladores de Pekín empezaron a acelerar las reformas prometidas desde hacía tiempo y acabaron por permitir a los grupos financieros extranjeros la propiedad total de sus negocios onshore.

Las políticas fueron una clara señal de que Pekín iba en serio. Y Occidente respondió. En 2018, el MSCI añadió las acciones chinas a su índice insignia de mercados emergentes. Le siguieron otras inclusiones en el índice, lo que provocó un aumento inesperado de los flujos de entrada en los valores chinos onshore. Entre principios de 2017 y un máximo a finales de 2021, la exposición financiera extranjera a activos denominados en yuanes (acciones, bonos, préstamos y depósitos) se triplicó con creces y pasó de unos 3 billones de yuanes a los 10,8 billones.
El apoyo de China a Rusia

Ese entusiasmo se está apagando rápidamente. Muchos inversores extranjeros se han apasionado demasiado con China en años recientes y no han tenido en cuenta los riesgos, dice Hugh Young, de la gestora de activos Aberdeen. Ahora el mercado está despertando. La opinión de muchos inversores es que, aunque China nunca ha estado tan abierta a los flujos de capital extranjero, lo cierto es que tampoco había mostrado en tiempos recientes tanta inflexibilidad ideológica.

El apoyo de China a la guerra de Rusia en Ucrania ha suscitado temores en relación con su reivindicación de Taiwán, que según afirma acabará recuperando por los medios que hagan falta. Temores geopolíticos como ése forman parte de una amplia reevaluación de los riesgos asociados a China. "El riesgo político ha aumentado de modo notable", afirma Neil Shearing, de la firma de investigación Capital Economics. Eso ha provocado un aumento de las primas de riesgo de los activos chinos exigidas por los inversores.

Algunos de los principales grupos de inversión hacen cada vez más públicas esas opiniones. BlackRock, un gigante de la gestión de activos que se ha expandido rápidamente en China, dijo el 9 de mayo que había cambiado su visión a 6-12 meses de la renta variable china de "modesta sobreponderación" a "neutra". La razón básica es el mal panorama económico, pero también es un reflejo de los vínculos de China con Rusia. El banco privado Julius Baer declaró en abril que ponía fin a una opción de compra a cinco años que iba a acabar convirtiendo la renta variable china en "categoría de activos clave".

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