El objetivo de China es claro: convertirse en una “gran potencia espacial”

Las multitudes que aclamaron al astronauta —un cuarto de millón en Washington y cuatro millones en Nueva York— se vistieron de muchas maneras. Algunos llevaban puestos cascos espaciales de cartón y plástico. Otros, menos vistosos, llevaban botones que proclamaban a John Glenn como “el hombre del año en la Nueva Frontera”, una referencia a la famosa frase de John F. Kennedy. Hace sesenta años, Glenn se convirtió en el primer estadounidense en orbitar la Tierra e inauguró la frontera de la exploración humana en el espacio, una frontera que se extendía hasta la Luna y más allá. El vuelo del Friendship 7 hizo que todo pareciera posible.

La hazaña de Glenn marcó el inicio de una década espectacular: caminatas espaciales, viajes alrededor de la Luna, seis alunizajes. Luego, la frontera se desvaneció. Desde 1972, ningún humano ha salido de la órbita terrestre. Una generación ha llegado a la mediana edad sin ningún recuerdo de estadounidenses en la Luna.

Eso podría cambiar pronto. Si el plan de la NASA se cumple, el programa Artemis llevará a la Luna a la primera mujer y a la primera persona de color en 2025. Y esto, según la NASA, es solo el principio. La agencia estadounidense prevé al menos diez alunizajes. Su administrador, Bill Nelson, está llevando a cabo una campaña para superar a otras naciones en poner las “botas en la Luna” e incluso, con el tiempo, una base. Y “cuanto antes lleguemos a la Luna, más pronto llevaremos astronautas estadounidenses a Marte”, señaló la NASA.

Pero ¿para qué molestarse? No cabe duda de que hay mucho interés en Marte: el último explorador de la NASA, Perseverance, y su compañero, el diminuto helicóptero Ingenuity, lo han dejado más claro que nunca. Lo que es menos evidente es el papel, o el valor, de los exploradores humanos. Para la mayoría de los estadounidenses, las máquinas parecen suficientes para realizar la misión. Una encuesta de Morning Consult del año pasado mostraba un interés general en la exploración espacial, pero no en que los humanos la llevaran a cabo.

En 1961, cuando Kennedy propuso enviar estadounidenses a la Luna, un senador advirtió que el gobierno tenía “mucho trabajo misionero” que hacer. Sin duda, ese es el caso también ahora. Nelson ha insistido en la necesidad de obtener financiamiento, pero el Congreso de Estados Unidos no parece convencido. Por su parte, el presidente Joe Biden ha señalado su apoyo a Artemis, pero se centra más en las capacidades comerciales y militares del país en el espacio, así como en la posición estratégica que el espacio brinda para analizar el cambio climático. La vicepresidenta Kamala Harris, presidenta del Consejo Nacional del Espacio, rara vez menciona los vuelos espaciales tripulados, subrayando en cambio “la responsabilidad de mirar hacia nuestro planeta”.

Y es razonable. Nuestro planeta tiene mucho de que preocuparse; sobre todo, por el daño que causamos a su atmósfera. Pero hay un argumento a favor de la exploración humana del espacio, al menos uno mejor que el que han presentado la Casa Blanca y la NASA. Si el gobierno estadounidense no afina y persiste en sus argumentos, si no insiste en que los humanos, y no solo nuestros inventos, deben explorar el firmamento, es probable que Estados Unidos ceda la Luna —y mucho más que eso— a competidores más decididos.

El principal rival es China. Su objetivo es claro: convertirse en una “gran potencia espacial”, como lo ha dicho el presidente Xi Jinping. El explorador chino de Marte, que llegó poco después que el estadounidense, ha sido un éxito impresionante. China también tiene una sonda en la cara oculta de la Luna, algo inédito para cualquier nación. Su estación espacial está casi terminada, mientras que la Estación Espacial Internacional, tras orbitar la Tierra durante más de dos décadas, se acerca a la obsolescencia y la NASA recurre a empresas privadas para construir y gestionar sus sucesoras. Al igual que Estados Unidos, China espera construir una estación de investigación en la superficie lunar. Pero a diferencia de Estados Unidos, China no pone su determinación en duda. También tendrá un socio: Rusia. Ambos países ya han comenzado a alinear sus esfuerzos.

Nelson cita a una China “agresiva” como razón para que los estadounidenses “nos pongamos en marcha”, pero algunas cuestiones de seguridad nacional requieren un análisis más completo. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, China estableciera posiciones estratégicas en la Luna? ¿Y si toma el control de los recursos que ella y otros países están buscando allí: silicio, titanio y, sobre todo, el agua necesaria para mantener un asentamiento humano? Como dice Namrata Goswami, experta en política espacial china, “una ventaja en el acceso a la vasta riqueza del sistema solar interior podría tener un efecto en el equilibrio de poder” en la Tierra.

Si hay alguien tan entusiasta sobre la nueva frontera espacial como China, son los multimillonarios. Sus ambiciones también deberían animar a la NASA a permanecer en el campo de juego. Jeff Bezos y Elon Musk pueden o no ser visionarios, pero fácilmente son las personas más poderosas de este planeta que hablan en serio sobre la colonización de otros mundos. Musk advierte sobre un “evento de extinción” que nos obligará a dejar la Tierra. Hay cierto igualitarismo en la idea de una escotilla de escape para la humanidad, aunque es el igualitarismo de las ratas que abandonan un barco que se hunde (o se sobrecalienta). La situación tendría que ponerse muy mal aquí para que la gente común siguiera a los multimillonarios al negro vacío del espacio en lugar de despedirse de ello. La publicidad indirecta de Musk al poner un Tesla en órbita y la actuación posvuelo de Bezos con su sombrero de vaquero hacen que uno desconfíe de sus motivos y sienta nostalgia por el porte militar de Glenn. Si los viajes espaciales perdieron su novedad a principios de la década de 1970, ahora podrían estar en proceso de perder su dignidad.

Por supuesto, esto no demerita los logros de la empresa aeroespacial de Musk, SpaceX. En cualquier industria, pocas veces ha habido tanta audacia en la imaginación y tanta brillantez en la ejecución. La empresa es un socio indispensable de la NASA; un sistema de aterrizaje de SpaceX llevará a los astronautas a la superficie lunar y los traerá de vuelta.

Pero hay una diferencia esencial entre la exploración y la colonización y ambas están muy lejos de la comercialización. Si se deja en manos de los multimillonarios, es más probable que el espacio se convierta en un patio de recreo para sus miembros más ricos que en un refugio para la humanidad. En ese caso, no habrá más John Glenns ni astronautas a los que admirar y emular, astronautas cuya humildad y asombro en la inmensidad del espacio los define tanto como su valentía.

“La exploración del espacio seguirá adelante, nos unamos a ella o no”, dijo Kennedy en 1962 en la Universidad Rice, advirtiendo que “ninguna nación que espere ser líder de otras naciones puede quedarse atrás en esta carrera espacial”. Quizá esta lógica haya perdido su fuerza; quizá a los estadounidenses no les importe que los multimillonarios y China tengan la Luna para ellos solos. La idea del espacio como una nueva frontera también puede ser una noción gastada, sobrecargada. (Durante el Super Bowl, un anuncio de Salesforce la descartó con un “eh”). Sin embargo, los emocionantes descubrimientos de Perseverance —la evidencia de antiguos deltas de ríos marcianos y flujos de lava— dan un testimonio elocuente de los misterios que nos aguardan en la frontera. Los robots de este tipo son asombrosamente capaces. Sin embargo, no pueden inventar o imaginar; no pueden impulsar el proceso de descubrimiento en el espacio más de lo que se hace aquí en la Tierra. Solo los humanos pueden liderar y, para lograrlo, los humanos deben ir allá.

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