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Entrevista - Test semi exprés y sin Proust: Mark Twain

Samuel Langhorne Clemens -Mark Twain- (1835-1910) 

Probablemente no hubo dos personalidades más ingeniosas durante todo el siglo XIX que los señores (escritores) Oscar Wilde y Mark Twain. Sabido es; quizá nos dejemos a alguien fuera o a muchos: pero seguro que no con tan increíblemente agudo sentido del humor como el de los mencionados.

Hasta esta página de hoy traemos un texto que, pudiendo ser verdad o no -más mérito tendría al responder con celeridad y además de excelente memoria para recogerla de ser cierta la siguiente lectura-, aparece en la obra del brillante Mark Twain. Sí, una entrevista... al parecer. Leamos:

El joven nervioso, apuesto y espabilado tomó asiento en la silla que le ofrecí. Me dijo que venía de la redacción del Daily Thunderstorm y a continuación agregó:

– Espero no ser inoportuno con mi visita. He venido a entrevistarlo.

– ¿Venido a qué?

– A entrevistarlo.

– Ajá, ya veo. Perfecto. Pues muy bien.

No estaba yo muy lúcido esa mañana. La verdad es que mis facultades parecían estar medio entre nubes. Sin embargo, me puse a hurgar en la biblioteca y cuando ya habían transcurrido seis o siete minutos, pensé que ya era el momento de atender a aquel joven. Dije:

– ¿Cómo se escribe?

– ¿Cómo se escribe qué?

– Entrevista.

– Vaya por Dios, ¿y para qué quiere saber cómo se deletrea?

– No quiero saber cómo se deletrea; quiero saber qué significa.

– Bueno, he de admitir que esto es asombroso. Que sea yo quien le explique a usted qué significa, pero si usted...

– ¡Oh no pasa nada! Me basta esto como respuesta y le estoy muy agardecido por ello.

– E-n, en, t-r-e, tre, entre…

– O sea que usted lo escribe con una E...

– ¿Por qué? ¡Pues por supuesto!

– Ajá. Eso es lo que me ha llevado tanto tiempo.

– ¿Por qué, señor mío? ¿Con qué letra pensaba usted que comenzaba?

– La verdad es que no lo sé… El diccionario que uso es la versión completa enciclopédica y calculaba que estaría hacia el final, esperaba encontrarla entre los retratos. Pero es una edición muy vieja.

– ¿Pero amigo mío, no parece probable que pusieran un retrato de ella ni tan siquiera en la última e... Mi estimado señor, le ruego que me disculpe, pero no parece usted ser tan inteligente como yo esperaba. Dicho esto sin intención de herir sus sentimientos. En absoluto.

– ¡No me diga! A menudo oigo decir –y en boca de personas que no son dadas a los halagos y que en ningún caso podrían ser inducidas a ser condescendientes conmigo, que yo soy bastante notable en ese sentido. En efecto, siempre que se refieren a esto se muestran arrobados.

– Me lo imagino. Pero con relación a esta entrevista, supongo que sabe usted que hoy en día es costumbre entrevistar a quien se haya convertido en una persona notoria.

– Ya. No, hasta ahora había oído nada al respecto. Debe de ser muy interesante. ¿Qué hace usted?

– Pues bueno, esto es descorazonador. En algunos casos hay que hacerlo con algo preparado; pero lo habitual es que el entrevistador haga las preguntas y el entrevistado las conteste. Es lo que se lleva ahora. ¿Me permitirá que le haga algunas preguntas de tal modo que afloren los aspectos relevantes de su vida pública y privada?

– ¡Oh sí, encantado, con mucho placer. Tengo muy mala memoria, pero confío en que a usted no le importe. Quiero decir que tengo una memoria irregular, singularmente irregular. A veces va al galope y otras veces necesita toda una noche para pasar por un punto determinado. Esto es un gran inconveniente para mí.

– No importa. De modo, pues, que tratará de responder lo mejor que pueda. – Lo haré. Aplicaré mi mente entera en ello.

– Gracias. ¿Está usted preparado?

– Estoy listo.

- ¿Cuantos años tiene usted?

- Diecinueve, en el mes de junio.

- ¿De verdad? Yo le calculaba treinta y cinco o treinta y seis. ¿Dónde nació?

- En el Missuri.

- ¿Cuándo empezó usted a escribir?

- En 1836.

- ¿Cómo es posible eso, si ahora no tiene más que diecinueve años?

- No sé. Efectivamente, parece curioso.

- En realidad lo es. Bien, ¿cuál es el hombre más extraordinario que ha encontrado en su vida?

- Aaron Burr.

- ¡Nunca ha podido conocer a Aaron Burr, si tiene diecinueve años!

- Jovencito, si usted sabe más que yo, ¿por qué sigue haciéndome preguntas?

- Bueno, entonces dígame ¿en qué circunstancias ha encontrado a Aaron Burr?

- Fue el día en que asistí a su entierro. Me pidió que hiciera menos ruido, y...

- ¿A su entierro? Pero, si estaba muerto, ¿qué le importaba el ruido que hiciera usted?

- ¡Ah! No lo sé. Sobre esa cuestión. Aaron Burr siempre ha tenido ideas muy atrasadas.

- Ya no entiendo nada. ¿Cómo pudo hablar si, como usted ha dicho, estaba muerto?

- Yo no he dicho que él estuviera muerto, sino que asistía a su entierro.

- Entonces, vivía.

- Según algunos, sí. Según otros, no.

- ¿Y según usted?

- Yo no tengo opinión a este respecto. No se trataba de mi entierro, sino del suyo.

- Veo que no llegaremos nunca a conocer la verdad. Permítame otra pregunta: ¿Cuán es la fecha exacta de su nacimiento?

- El lunes, 31 de octubre de 1693.

- ¿Qué? ¡Eso es imposible! Usted tendría ciento ochenta años. ¿Cómo explica usted eso?

- No lo explico.

- Hace poco, usted aseguraba tener diecinueve años, y ahora ciento ochenta. Es una contradicción flagrante.

- ¿Verdad? ¡Usted se ha dado cuenta! Le felicito. (Y le estrechó la mano.)

- Gracias. Dígame, ahora: ¿tiene usted hermanos?

- Pues, espere un momento... Es que no me acuerdo.

- ¿Que no recuerda...?

- ¿Y por qué tengo que acordarme?

- Ese retrato que está ahí, en la pared, ¿no es acaso el de su hermano?

- Anda, pues sí, ahora que usted me lo recuerda. Efectivamente, era mi hermano. Se llamaba William... Nosotros le llamábamos Bill. ¡Pobre Bill!

- ¿Quiere decir que murió...?

- Supongo. En nuestra familia, nadie sabe si se murió o no. Eso siempre ha quedado en el misterio.

- Eso es muy triste.

- Sin duda, desapareció, poco más o menos. Lo único cierto es que lo enterramos.

- ¿Enterrado? ¿Enterrado sin estar seguros de que estaba muerto?

- Eso mismo pensábamos: A lo mejor vive...

- Hay algo que no comprendo...

- Sin embargo, la cosa fue muy sencilla: éramos dos hermanos gemelos, el difunto y yo. Cuando teníamos dos semanas, nos metieron en la misma bañera. Uno de los dos murió ahogado y nunca se supo cuál fué el que murió. Unos creían que se trataba de Bill, otros creían que era yo.

- ¿Y usted personalmente que piensa de esto?

- Pues, nada. Usted no sabe lo que daría por conocer la verdad. Este misterio es una sombra negra que me ha seguido durante toda mi vida. Voy a decirle una cosa que nunca he revelado a nadie: Uno de nosotros dos tenía una señal particular: un lunar sobre el dorso de la mano izquierda. El que murió tenía la señal. ¡Yo soy aquel niño que murió ahogado!

- Vaya, esto sí que es notable. ¿No cree usted?

– ¡Pues vaya uno a saber! Daría cualquier cosa por saberlo. Este solemne, este tremendo misterio me ha perseguido toda la vida. Pero voy a contarle ahora un secreto que nunca he revelado a nadie. Uno de nosotros tenía una señal curiosa, un lunar muy destacado, en el dorso de la mano izquierda: ese era yo. Pues ese fue el niño que se ahogó.

– Pues nada, vaya, al fin y al cabo no veo dónde está el misterio.

– ¿Ah no? Pues yo sí lo veo. De todas formas no puedo entender cómo fueron tan estúpidos como para enterrar al niño equivocado. ¡Pero, chito...! No se le ocurra mencionar esto delante de la familia. Dios sabe que ya tienen suficientes problemas como para que encima tengan que asumir esto.

– Bueno, creo que ya tengo suficiente material. Le estoy muy agradecido por todas las molestias que se ha tomado. Ahora bien, me ha interesado mucho lo que me ha contado sobre los funerales de Aaron Burr. ¿Le importaría explicarme qué fue lo que le hizo pensar en Aaron Burr como un hombre tan notable?

– Oh, una nimiedad. Ni uno entre cincuenta habría reparado en ello. Al final del sermón, cuando el cortejo se disponía a partir hacia el cementerio y el cuerpo había sido acomodado con esmero en el ataúd, él dijo que quería dar una última mirada al paisaje. Así pues, se irguió y sentó junto al cochero.

Entonces el joven se retiró con una reverencia. La suya fue una compañía de lo más agradable. Me dio pena que se marchara.

---

Y como este Test ('cuestionario'/entrevista) no ha sido exprés -en esta ocasión- (aunque tampoco estrés), lo dejamos aquí: agradeciéndole su volcada participación en todo momento para con EuroPost.info. 

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Ingenioso relato, ¿verdad? Sí, decíamos al principio. Y de ser una entrevista verídica pues mucho mayor mérito en su ingenio. Tal vez hubo de las dos cosas (ficción y realidad): al escribirla, suponemos. Porque si no, sería desmesurada la ingeniosidad de Mr. Twain (por la pronta respuesta en el diálogo y recordar todo para transcribirla, insistimos según referíamos al principio)... aunque cosa que siempre fue, el gozar de un desmesurado ingenio.

No es muy conocido este texto publicado por Mark Twain, pero no totalmente desconocido. El que aquí suscribe, y más abajo firma, ha utilizado dos versiones habidas para crear una: por un lado la publicada en 1966 por la revista La Codorniz (aunque más breve, más ágil su traducción) y otra que circula, si la buscas, por internet... más extensa (completa) y tal vez más fiel, aunque algo rígida su adaptación al español (le parece al que aquí sigue suscribiendo), pero por lo menos es la traslación íntegra de "An Encounter with an Interviewer" ("Encuentro con un entrevistador" -traducida, dicha entrevista, por Enrique Lynch-, autoría de Mark Twain)... ha quedado bien, esperemos.

Toda letra cursiva leída -más arriba- pertenece a la obra del señor Twain.

Infinitas gracias al amigo Mark por esta extraordinaria entrevista... que hemos rescatado del limbo del tiempo. Esperemos que la editoriales, con sus re-ediciones, siempre nos lo tengan presente.

ENLACES DE INTERÉS:


Pero antes de dejar de leer esta entrevista, leamos algo más -también recuperado de hace años- sobre Mark Twain. Muy interesante estos datos biográficos. Veamos:

Mark Twain

Nacio en Florida, en 1836, cuando este pueblecito de los Estados Unidos tenía cien habitantes. Esto permitió a Mark Twain declarar con satisfacción: "He aumentado la población de mi pueblo en un uno por ciento. Es más de lo que pueden decir muchos grandes hombres de la Historia."

Su nombre verdadero era Samuel Langhorne Clemens. El seudónimo Mark Twain proviene de cuando escribía las notas de a bordo en un barco sobre el Mississippi. El que tenía que indicar la profundidad del agua, gritaba: "¡Marca de profundidad tres! ¡Marca dos!...", lo que en inglés suena "Mark Three!" Mack Twain!..., Mark Twain! Así que encontró su nombre. Nombre que llegó pronto a la celebridad por medio de sus artículos de viajes, que divertían a todos los lectores americanos. Periodista ocasional, su especialidad era la total incompetencia en los temas que trataba. Ejemplo: "No habría que sacar de la tierra los nabos: se estropean."

Autor de muchas novelas célebres mundialmente, este humorista americano se divertía no sólo escribiendo, sino viviendo. Famosos son sus chistes "vividos". Un día envió doce cartas a doce personalidades importantes de la ciudad de Hannibal. Las cartas decían: "¡Largaos! ¡Han descubierto todo!" En una hora, doce personas se marcharon de la ciudad.

Otra vez un amigo le dijo: "He perdido todo jugando a los caballos. Ayúdame para que pueda tomar el tren y regresar a casa." Mark Twain le contestó: "No tengo dinero para pagarte el billete, pero conozco un sistema para viajar gratis. Escóndete debajo del asiento, y no te muevas." El amigo hizo el viaje encogido bajo el asiento, hasta que llegó el revisor del ferrocarril. Mark Twain enseñó dos billetes. "¿Dos?", preguntó el revisor. "¿Y el segundo señor, dónde está?" "¿Está aquí, debajo del asiento", contestó el humorista. "Es un tipo raro que le gusta viajar incómodo."

Un día le pidieron, después de una comida, que pronunciará un discurso.

Dijo: "La literatura ha matado ya a sus más ilustres representantes. Shakespeare, Longfellow, Cicerón, están todos muertos. Y yo, que estoy hablando, empiezo a encontrarme mal." Y se sentó.

Muchos aforismos que todos conocen y de los cuales se ha olvidado el autor, son suyos:

"El dinero no hace la felicidad. El dinero ajeno, claro."

"Adoro el trabajo. Tiene algo de fantástico. Tan fantástico que puedo pasarme horas y horas viendo a los otros trabajar."

"No comprendo por qué ponen rejas en los cementerios: a los que están dentro no les queda ninguna gana de salir, y los que están fuera no tienen ninguna gana de entrar."

A pesar de una vida familiar de las más trágicas (vio morir uno tras otro a todos sus hijos y a su mujer que adoraba), nunca perdió el sentido del humor. En sus últimos años de vida (murió en 1910), una bronquitis crónica lo estaba ahogando. Llegó todavía a decir estas palabras: "La muerte será para mí un don precioso. Que nadie haga nada para alejar la muerte de mi lado." Y así diciendo, hizo sus maletas y se marchó a las Bermudas. Y se puso bueno.

Fragmento extraído de "Galería de humoristas" por GIANNI FINLANDIA. Publicado, también, en La Codorniz. 1966

En fin, hay queda... lo que salva una gran excepción, como la de este gran escritor y, no menos, enorme irónico.

Más ironía, y más y más, hace falta en este mundo, y cada vez más, para salvarnos de hondas desesperanzas. ¡Qué la vida es demasiada irónica! ...y a ver quién le empata!

"Cuanto más conozco al hombre, más admiro al caballo". Mark Twain.

-Todos los domingos os esperamos en este cuestionario/entrevista. Pero todos los días podéis seguir, por supuesto, las demás secciones de esta peculiar web que está obteniendo un éxito insólito en tan poco tiempo- 

11/10/2020 - ENTREVISTA A MARK TWAIN: ESCRITOR - POR SEÑOR DE CASCALES 

· Señor de Cascales es autor de más de una veintena de publicaciones: investigación histórica, poesía y otros géneros. http://obra.decascales.com

Para leer todas las entrevistas hasta el momento, AQUÍ

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