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La ONU alerta: depresión global, que podría durar al menos 5 o 7 años antes de una nueva normalidad

Desde el COVID-19 hasta la disrupción climática, desde la injusticia racial hasta las crecientes desigualdades, somos un mundo en crisis. 

Pero también somos una comunidad internacional con una visión perdurable, plasmada en la Carta de las Naciones Unidas, que este año celebra su 75º aniversario. Esa visión de un futuro mejor —basada en los valores de la igualdad, el respeto mutuo y la cooperación internacional— nos ha ayudado a evitar una Tercera Guerra Mundial que habría tenido catastróficas consecuencias para la vida en nuestro planeta. 

Nuestro desafío común es encauzar ese espíritu colectivo y estar a la altura de las circunstancias en este momento de prueba y ensayo. 

La pandemia ha puesto al descubierto desigualdades graves y sistémicas tanto dentro de países y comunidades como entre ellos. En términos más generales, ha puesto de relieve las fragilidades del mundo, no solo frente a otra emergencia sanitaria, sino también en nuestra vacilante respuesta a la crisis climática, la anarquía en el ciberespacio y los riesgos de proliferación nuclear. En todas partes, la gente está perdiendo la confianza en las clases e instituciones políticas. 

La emergencia se ve agravada por muchas otras crisis humanitarias profundas: conflictos que continúan o incluso se intensifican; números récord de personas obligadas a huir de sus hogares; nubes de langostas en África y Asia meridional; sequías inminentes en África meridional y América Central; todo ello en un contexto de tensiones geopolíticas crecientes.
Frente a estas fragilidades, los líderes mundiales deben ser humildes y reconocer la importancia vital de la unidad y la solidaridad. 

Escenario optimista

Nadie puede predecir lo que vendrá, pero yo veo dos escenarios posibles.

Uno es el escenario “optimista” en el que el mundo, no sin dificultades, saldría adelante. Los países del Norte Global formularían una estrategia de salida eficaz. Los países en desarrollo recibirían suficiente apoyo y sus características demográficas, en particular la juventud de su población, ayudarían a contener el impacto. 

Y tal vez al cabo de unos nueve meses surgiría una vacuna que se distribuiría como bien público mundial, una “vacuna popular”, disponible y accesible para todos.

Si se cumple esta predicción, y si la economía se va reactivando, podríamos avanzar y alcanzar algún tipo de normalidad en dos o tres años.

La versión sombría

Pero también hay otro escenario más sombrío, en el que los países no logran coordinar sus acciones. Siguen ocurriendo nuevas oleadas del virus, y la situación en el mundo en desarrollo explota. El desarrollo de la vacuna se demora, o incluso concluye relativamente pronto, pero se vuelve ferozmente competitivo, y los países con mayor poder económico son los primeros en obtenerla, dejando atrás a los demás.

En este escenario, también podríamos ver una mayor tendencia a la fragmentación, el populismo y la xenofobia. Cada país podría avanzar por su cuenta, o en las llamadas “coaliciones de países dispuestos a actuar”, para afrontar algunos desafíos específicos. En última instancia, el mundo no lograría movilizar el tipo de gobernanza necesaria para afrontar nuestros desafíos comunes. 

El resultado bien podría ser una depresión global, que podría durar al menos cinco o siete años antes de que surgiera una nueva normalidad, de carácter imprevisible.

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